“Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía y antes que nacieses, te tenía consagrado”

Querida joven: imagínate a la joven Margarita Fonseca Silvestre, a la misma edad que tú tienes hoy, tratando de descubrir el plan que Dios tenía trazado para ella, viviendo, desde su adolescencia, en un particular servicio a los hermanos más necesitados: las mujeres y niñas pobres e indigentes, carentes de principios morales, sin conocimiento de Dios. Siempre se fijó metas claras y precisas, y ejerció su apostolado con alto sentido cristiano y valor social.

¿Será esto la vocación? Este asunto de la vocación es difícil e inquietante; puede conocerse y resolverse rápidamente, como también puede demorar un tiempo largo.

Margarita aprendió a hacer la voluntad de Dios que se le manifestaba de múltiples maneras; buscó el consejo de personas que la ayudaron a ser instrumento dócil en las manos del Señor.

Las circunstancias del llamamiento a una vocación divina estaban en esas oportunidades en las que ella se ponía en contacto con la miseria material y moral de sus protegidas; necesidades que ella quería aliviar con todo lo que su temperamento fogoso, sensible, delicado y generoso le permitía. Esto la fue preparando para ser merecedora de recibir la gracia de una particular elección: el llamado a la vida religiosa.

No fue fácil el camino, tuvo que sortear serias dificultades, pero triunfó porque supo esperar, confiar y amar. El Misterio de la Encarnación, que hizo posible la disponibilidad de la Virgen al aceptar ser la “Esclava del Señor”; la vida sencilla, oculta y orante de la Familia de Nazaret; el sacrificio de Cristo en la cruz, “que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo,” iluminaron su camino mientras vivió, y es la herencia que dejó a su querida Congregación.

Un carisma de servicio alegre, sencillo, humilde, sacrificado; una espiritualidad que busca glorificar el misterio de Cristo Sacerdote y Víctima; espiritualidad Sacerdotal-Mariana que se alimenta y vive de la Eucaristía y de la Palabra evangélica.

El ejemplo de esta maravillosa mujer puede cautivar tu ímpetu juvenil. Su ejemplo puede ayudarte a aclarar tu vocación, a superar los obstáculos, a sentir la alegría de descubrir que tu vida vale tanto, cuanto más te des a los hermanos.

Si como ella escuchas que el Señor te dice:

                                                “Ven, sígueme”, no demores tu respuesta.